Retrato de David Hume realizado en 1760 por Allan Ramsay

La mente humana dispone de un mecanismo psicológico para conectar ideas, la asociación, por el cual puedo unir las ideas de modo natural. Esto indica el dinamismo de la vida mental, en virtud del cual una idea sigue a otra por ser correlativa a la primera. En este caso una se asocia a la otra y así procede continuamente. ¿Cómo se hace esto la mente? La idea correlativa es atraída o asociada por la primera. Así como los cuerpos se atraen físicamente, según Newton, Hume establece, paralelamente, la atracción en el mundo mental. En este sentido tiene presente a Newton: Hay aquí una especie de atracción, que se encontrará tiene en el mundo mental efectos tan extraordinarios como en el natural, y que se revela en formas tan múltiples como variadas (Tratado de la naturaleza humana, I, p. 101).
Tres son las leyes de asociación: semejanza, contigüidad y causalidad. Las dos primeras dan lugar a errores y equivocaciones, por lo que la más importante para Hume es la relación de causa y efecto. ¿Cómo pasar del efecto a la causa? Sea el caso del efecto ‘lluvia’, ¿qué me hace pensar en las nubes como su causa? La imaginación, sin duda. En algún momento dice Hume que la imaginación es la capacidad mágica (magical faculty) del alma. Para saber lo que es la imaginación lo mejor sería observar su funcionamiento. Funciona de modo caprichoso y libre, lo que le permite mezclar las ideas, dividirlas y separarlas. Es decir, la imaginación tiene un poder absoluto, aunque también cuenta con elementos generales y estables para hacer inferencias desde las experiencias pasadas y convertirlas así en conocimiento. En efecto, hay un principio o disposición irresistible en la imaginación que la hace conectar la causa al efecto y viceversa en virtud de su dinamismo natural. El principio de asociación explica la formación de las ideas complejas, entre las que se encuentran relaciones, modos y sustancias, además de las ideas generales.

 

Mausoleo de Hume.
Si muriera en cualquier lugar dentro de Escocia, deseo ser enterrado de modo privado en Carlton Church Yard, en el lado sur; sobre mi cuerpo quiero que se coloque un monumento de valor no superior a seis libras, con una inscripción que tenga solamente mi nombre y los años de mi nacimiento y muerte, dejando a la posteridad añadir el resto.Así escribía Hume el 15 de abril de 1776, meses antes de su muerte.

 

Crítica  de las sustancias del racionalismo cartesiano

La identidad personal
Se entiende por identidad personal la permanencia de la persona en el tiempo, es decir, el yo y el alma inmortal. Hume mantiene que todos los argumentos metafísicos son inconcluyentes y la identidad personal es irresoluble. ¿De qué impresión deriva la idea del yo? El yo es sólo aquello a que se supone que nuestras distintas impresiones e ideas hacen referencia (Tratado de la naturaleza humana, I, p. 399). Por lo tanto, no existe algo que llamamos yo, sino que el mío, lo mismo que el de los demás seres humanos, es un haz o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible y están en perpetuo flujo y movimiento (Tratado de la naturaleza humana, I, p. 400). En conclusión: No tenemos noción alguna de la mente distinta de las percepciones particulares (Tratado de la naturaleza humana, III, Apéndice, p. 886).
Entonces, ¿qué nos lleva a asignar identidad a lo que soportan las percepciones? Simplemente la memoria, que recuerda la continuidad de la sucesión. En cambio, ésta no produce la identidad personal, sólo la descubre. Hume concluye en que no se pueden resolver los problemas relacionados con la identidad personal.

Dios
Si con la teoría del conocimiento de Hume queda descartada la línea racionalista de ideas innatas, sólo queda la causalidad para justificar la idea de Dios: Dios es la causa de determinados efectos, por ejemplo, del mundo, en general, y de todas nuestras impresiones, en particular. Pero ya hemos visto cómo se desvanece la causa y la conexión necesaria.
¿De qué impresión deriva la idea de Dios? Esta es la cuestión y no el proceder desde mis impresiones a la inferencia de Dios, que no es objeto de impresión, ni garante de mis impresiones. Entonces el asunto queda abierto, pues ¿de dónde derivan las impresiones? La pregunta supone situarse allende las impresiones mismas y, dado que éstas son el criterio y límite de los conocimientos, esto no es posible. No hay justificación de la idea de Dios.

El mundo externo, los cuerpos
Existen mis percepciones, pero ¿hay también algo distinto e independiente de las mismas? Para Hume, la pregunta es inútil e imposible de demostrar filosóficamente: La naturaleza no le ha dejado a este respecto opción alguna, pensando sin duda que se trataba de un asunto demasiado importante para confiarlo a nuestros inseguros razonamientos y especulaciones (Tratado de la naturaleza humana, I, p. 321).
Así pues, si doy por supuesta la existencia del mundo exterior, es pertinente preguntar qué nos lleva a creer en ella. Ni los sentidos, que captan sólo impresiones, ni la razón, que sabe que no es posible atribuir a las sensaciones de los sentidos una existencia distinta de éstas (eso sería confundir percepciones con objetos). Se trata de algo específico de la imaginación, explicable por la coherencia y constancia de ciertas impresiones (Tratado de la naturaleza humana, I, p. 330). Generalmente, tiene esta interpretación: es evidente que como el vulgo supone que sus percepciones son los únicos objetos, y al mismo tiempo cree en la existencia continua de la materia, tendremos que explicar el origen de esta creencia sobre la base de aquella suposición (Tratado de la naturaleza humana, I, p. 347).

 

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Hume denomina percepción a todo contenido de la mente. Distingue dos clases: impresiones e ideas. La diferencia consiste en que las primeras son originarias (provienen de la experiencia), por lo que su grado de fuerza o vivacidad es mayor. Las ideas son copias de las impresiones, por lo que su intensidad es menor. Ambas (impresiones e ideas) pueden ser, a su vez, simples y complejas, según las combinaciones que la mente genera (siguiendo en este caso la formulación de Locke). Además, las impresiones pueden ser de sensación o de reflexión. Por ejemplo, el recuerdo de un ser querido puede producir alegría, aunque esa persona esté ausente. Esa emoción sería, de acuerdo con el esquema anterior, una impresión de reflexión.

Al tratarse de copias, las ideas deben tener correspondencia o relación con la impresión original, dado que todas nuestras ideas simples, en su primera aparición, se derivan de impresiones simples a las que corresponden y representan exactamente (Tratado de la naturaleza humana, I). Hume formula así este primer principio, a partir del cual se sigue su crítica a la metafísica: que todas nuestras ideas simples proceden mediata o inmediatamente de sus correspondientes impresiones (Tratado de la naturaleza humana, I).
Cierre el lector los ojos y trate de recordar la imagen de esta página. Esa imagen es una “idea”, menos intensa o vivaz que la “impresión” de la que proviene: la percepción visual (originaria) de la página. A través de ejemplos como éste, Hume explica la generación de ideas en la mente. Sin embargo, ¿a qué impresiones corresponden la idea del yo, la idea del mundo (como algo distinto de las percepciones particulares de los hechos) o la idea de Dios? Tales son las ideas de la metafísica.

 

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MODERNA

Hume

 

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Empirismo viene del griego empeiria = experiencia. Si se aplica al conocimiento, es el que se adquiere por medio de los sentidos; se trata entonces de la experiencia sensible. Tienen una actitud empírica los que sólo aceptan los hechos comprobables, desconfiando de todo lo demás. Emplean un método empirista quienes consideran válido únicamente lo que puede ser observado inmediatamente, pero no las especulaciones. Finalmente, empirismo como sistema filosófico es el que analiza las posibilidades del conocimiento, su origen, sus fuentes y sus límites, y sostiene que se encuentran en la experiencia, de donde viene su validez. Este es el empirismo de los siglos XVII y XVIII, representado por Locke, Berkeley y Hume, principalmente.
Entre las notas que caracterizan al empirismo se encuentra la experiencia como criterio de validez del conocimiento, el rechazo de las ideas innatas y la Ciencia natural (Física) como modelo a seguir. Para la filosofía de aquí se deriva que el conocimiento no es nunca absoluto, sino limitado por la experiencia, que el sujeto no puede sobrepasar, de lo contrario el conocimiento no será válido. Esto coloca en dificultades a la metafísica, porque ahora el método no es matemático y deductivo, sino experimental.
Los empiristas ingleses proponen la experiencia para justificar el valor del conocimiento y su génesis. Este es el único fundamento. Así llegan a un método experimental similar al que utiliza la Ciencia natural, cuyo exponen te es Newton. Si el conocimiento válido viene generado por la experiencia y el conocimiento es de la realidad, la conclusión será que lo que no sea accesible a la experiencia no podrá ser real, porque no se puede traspasar la experiencia. Ahora bien, más allá de la experiencia se encuentran los contenidos de la metafísica y la teología, luego sus contenidos quedan en el aire por carecer de fundamento racional.
Con la experiencia comienza el conocimiento y en la experiencia concluye, lo que está más allá no cuenta, el criterio se hace definitivo en toda investigación. Ya no se puede razonar al estilo de Descartes: la realidad se muestra como idea. Ahora es preciso justificar las ideas del yo. Este es el objetivo de los empiristas.

 

 

 

 

Fenomenismo es la doctrina que reduce la realidad a fenómenos. Fenómeno en su etimología griega es aparecer, manifestarse, presentarse. Se trata de que ‘algo’ se presente a ‘alguien’, con toda la problemática que trae el ‘algo’ u objeto al ‘alguien’ o sujeto.
Hume es fenomenista no en sentido ontológico, es decir, que los fenómenos, las apariencias sean la única realidad, sino en sentido gnoseológico, es decir, que la realidad se manifiesta al sujeto, por lo que de ella sólo conoce los fenómenos o sus manifestaciones.
A partir de Descartes la conciencia era el único centro de seguridad, que contenía ideas y pensamientos.
Descartes mismo sintió la necesidad de salir fuera del sujeto para justificar la existencia de la realidad del mundo exterior. Lo mismo le pasa a Hume, que, al final del Libro Primero del Tratado de la naturaleza humana nos informa de su temeridad de lanzarse al mar de las incertidumbres y las dudas. El fenomenismo era, pues, cosa de la época moderna, lo mismo que el escepticismo, que va unido intrínsecamente a éste.
Además, Hume adoptó el fenomenismo en su teoría del conocimiento, que podríamos resumir en tres afirmaciones.
Primera, lo que aparece a la mente es una percepción. Segunda, la mente sólo tiene certeza de sus percepciones propias. Tercera, los únicos objetos o contenidos del conocimiento son las percepciones. ¿El pensamiento de Hume es fenomenista? Sí, en cuanto a su teoría del conocimiento. No, en el ámbito de la vida cotidiana, en la que importa más que el conocimiento la creencia (belief), a la que apuntaba la filosofía de Hume.
Algo parecido pasa con el escepticismo, compañero inseparable del fenomenismo. También era el escepticismo una coordenada de la época y Hume era sensible al mismo, pues leyó autores que lo practicaban, especialmente a Bayle en su Diccionario. Preguntémonos, pues, si Hume fue un escéptico. La respuesta es sí, cuando se trata de oponerse a la raíz dogmática del Racionalismo y sus especulaciones, así como al fanatismo. La razón humana es débil y tiene límites. Y no lo es, en cuanto niega que haya certezas seguras.
En Hume hay un escepticismo moderado y no extremo, que acepta certezas vitales firmes y seguras, que no siempre pueden justificarse racionalmente. Su escepticismo es una defensa de la vida frente al conocimiento. El fondo último en el que se apoya es la naturaleza, que proporciona la eficacia y seguridad necesaria al vivir humano.

Este escepticismo moderado explica también el relativismo. Verdades absolutas (racionalismo) explicadas racionalmente no existen (escepticismo), porque la investigación de las leyes de los fenómenos es relativa.